Hacía mucho tiempo que, en los rincones más inhóspitos de Colombia, donde se respira el aire de la manigua, se hable tanto de un “soldado tropero”, ese que coloca el pecho para combatir su causa: Hoy, la palabra, Zapateiro Altamiranda resuena en lo más profundo de la selva, en el paraíso donde los chiquillos del campo revoletean aun, en la maraña del monte.
Tantos comandantes del ejército de Colombia han pasado desapercibido por este puesto; radicalizando en su comportamiento ideológico de derecha y sin resultado alguno; mientras tanto la comunidad nunca se había identificado con uno de ellos; aquel que le brinda confianza, respeto y autoridad; un general que no se pega a sus soles, sino que se roza con el ciudadano del campo y lo hace sentir importante, le reconoce su compadrazgo, frente a una sociedad convulsionada por actores armados, que buscan una causa ideológica, económica, política o de poder imponer su fuerza.
Todos en la zona de orden público escuchan como un eco que reversa sus ondas en la fronda; ellos relacionan al general con el bombardeo de Reyes en el Ecuador, con la liberación de Ingrid Betancur, los militares norteamericanos, y con la muerte del disidente de la Farc, “Guacho”, quien asesinó los periodistas del diario El Comercio de Ecuador y fue abatido por soldados de Colombia.
Según los comentarios que se suscitó en el entierro del comandante “Gallero” se escuchó a lo lejos, retumbar su nombre, que se esparcía en los corrillos que aglutinaban las caras cubiertas de tapabocas que desenfocan sus rostros; los transeúntes evitaban que el contagio del COVID-19 los atrapara. El nombre del general, al que llaman ahora “tropero” por haberse metido en el corazón del sur de Bolívar y lastimar profundamente el ego de los elenos, el mismo que lideró el ataque aéreo al campamento del ELN ubicado en el alto del Atara, Montecristo, donde fueron abatidos seis subversivos de los cuales se identificaron sólo tres los otros, reposan aun en medicina legal, esperando que se acerquen sus familiares.
Hoy este Mayor general, Eduardo Enrique Zapateiro Altamiran, nacido en la ciudad de Cartagena, es el que conduce el ejército de Colombia, reconocido NO como general, sino como un “soldado tropero” que infunde respeto en las zonas de orden público; aquel que le levantó incluso la imagen al presidente de Colombia, Iván Duque Márquez, cuando iba de picada; muchos sintieron pena ajena en las Naciones Unidas, al ser deslucido el ejército por el periódico El colombiano, al presentar las descontextualizadas fotos de niños guerrilleros.
Zapateiro Altamiranda, se ha convertido en el icono de los militares, igual que Vasili Grigórievich Záitsev, el francotirador de Stalingrado que inspiró “Enemigo a la puerta” el niño que cazaba lobos en la taiga con su padre. A fe que se hizo en la segunda guerra mundial, con otra clase de lobos, estos humanos, escribió la tremenda memoria del héroe de la Unión Soviética.
Zapateiro Altamiranda; el más joven de los generales en la historia militar de Colombia, es hoy en día, respetuoso de los derechos humanos, de la libertad de prensa; el que puso la cara al país, sobre las chuzadas a los teléfonos de los periodistas y políticos, como el protector de los niños, niñas indígenas y del campo, donde por primera vez se destapó los abusos de menores.
Hacía mucho tiempo no se hablaba de un soldado con carácter, que castiga con el latigo a los subordinados… el que inició al interior de la fuerza pública una depuración, porque respeta con profunda sensibilidad de sus ciudadanos.