La fiebre amarilla que se volvió pandemia en Colombia
Nunca el país se habría solidarizado, se había entregado tanta pasión… que hasta los ángeles del cielo se dejaron contagiar de la fiebre amarilla, que se volvió pandemia.
Nada ni nadie podía atajar la propagación del virus amarillo, que los ciudadanos de a pie, se dejaban pegar; ellos se dejaban contagiar de esa fiebre amarilla, que arropaba la geografía; penetraba como un ventarrón convertido en flecha, que llegaba con flacidez a cada rincón inhóspitos; donde había un Colombia amante del amarillo, todos estaban infectados de la pasión.
Fue una angustia la que se apodero de todos los aficionados que veía cada paso como se diseminada por todos lados, pero el aliento de vida aun seguí intacto en los aficionados de un equipo que duró 75 años para conocer el sabor de la miel, el sabor de la victoria.
Esta pandemia se propagó tanto que al estadio de la ciudad de Bucaramanga le cambiaron el nombre del político, que hace obras con la plata del Estado; por el nombre de un argentino humilde, que hizo su trasfusión de sangre y se quedó en la tierra del Jaguar, que es el otro icono que hay que cambiar en el escudo; ese animal agresivo que con sus garras le arrebata los títulos a cualquiera; éste que surca los senderos del departamento de Santander en el Magdalena Medio, EL JAGUAR, totalmente colombiano; hoy todos pueden llamar al campo del fútbol con el nombre de José Américo Montanini, y a ese que hizo posible la estrella para el Atlético Bucaramanga, Rafael Dudamel, un venezolano, con corazón colombiano.