En plena creciente, donde el río Simití y Morales, muestra sus remolinos y borbollones, anunciando la inundación del sur de Bolívar; un pescador, acompañado de su mujer y su pequeño de tan solo cuatro años; observa como su padre desuella el animal silvestre a orilla de la corriente, donde la manigua deja el aroma de la maraña y el ponche o un chigüiro cazado en la madrugada del sábado, cuelga de la rama del maiscocho que florece en el invierno, para dar paso a la comida que consumirá esta familia de nativos, el Domingo de Ramos.
El perro y los patos, hacen parte de ese escenario lúgubre, que adorna una costumbre milenaria del hombre anfibio, que nació en medio de estas palizadas; eso sí, teniendo en cuenta que no se puede dejar persuadir por los comerciantes de carnes de animales salvajes.